BOMBARDEEMOS TODO CON PALABRAS, HAGAMOS UN ATENTADO DE ZUMBIDOS, DESTETEMOS DEL SILENCIO AL MUNDO.

más abajo está la cuca

miércoles 2 de diciembre de 2009

Cosas de estas...

De tus senos recuerdo lo pequeños que son. Como los de las niñas cuando aún no saben lo que es el amor.

(sacado de un correo electrónico... de esos que circulan por ahí en estos días)

jueves 26 de noviembre de 2009

Mucho tiempo


Pero entonces a ambos se les fue olvidando la fisionomía del otro. A él se le olvidó qué tan prominente era el último hueso de las costillas de ella. A ella se le fue olvidando el número de lunares que punteaban la raíz cromática de la espalda de él.

A él se le olvidó que el maxilar superior izquierdo de ella tenía una leve hendidura que sólo podía observarse en perspectiva, con muy buena luz, para descubrir ese retazo de cáscara como de huevo, maltrecho en la punta.
A ella se le olvidó que la barba de él tenía vellos de colores; azules y negros, violetas y grises. Algunos rojos. Todos dirigiéndose a una dirección caprichosa, y arremetiendo de vez en cuando contra la propia superficie.
A él se le olvidó que ella tenía dos agujeros en cada oreja, desde donde colgaban colgandejos, perlas, ganchos y listones. A ella se le olvidó que él dormía para el lado derecho porque insistía en mantener despierto el corazón.
A él se le olvidó que ella se lavaba el cabello cada diez días para evitar la caspa y buscar el sudor lubricante que le daría docilidad a los peinados. A ella se le olvidó que él odiaba la mayonesa, y la consideraba una lisonja deplorable para la gastronomía entera.
A él se le olvidó que a ella le fascinaba la ensalada porque necesitaba sentir que se tragaba los paisajes que luego se harían arcilla en las entrañas. A ella se le olvidó el color del sombrero que él llevaba puesto justo antes de conocerse.
A él se le olvidó qué tan honda era la zanja que ella tenía en el pecho. A ella se le olvidó que las palmas de las manos de él eran lo único que no tenía pecas.
Con el tiempo, a él se le olvidó el violeta pálido de los labios esponjados que enmarcaban entre paréntesis la vagina de ella. A ella se le olvidaron los orígenes del par de lunas que habitaban en torno al aparato reproductor de él.
A él se le olvidó que ella era alérgica. A ella se le olvidó que él era sonámbulo.

Cuando se volvieron a ver, los cuerpos pasaron de largo. Pero algo del uno se fue con el otro.


martes 10 de noviembre de 2009

El club de los divorciados

El fin de semana pasado estuve de tertulia con un par de amigos. Uno de ellos no alcanza los 30, el otro apenas los pasó, y ambos ya están divorciados. Sí, de anillo y separación de bienes y papeleos burocráticos y citas en la registraduría y todo. Yo insisto en que a esa edad uno se debería estar casando, no divorciándose, pero frente a esta circunstancia me encuentro con que están viviendo una experiencia maravillosa, de esas que tiñen el alma de un dolor con sabor a vértigo.

Ambos se ven tan pequeños en sus apartamentos, y se intuyen tan solos frente al espejo  que sus ojos adquirieron un auténtico brillo, de esos que suenan como un pito en la distancia, desde donde se alcanza a percibir que se acerca una estampida. Un brillo inmarcesible que con seguridad les nace en las entrañas. Sí. Eso. Libertad. Tal vez insoportable levedad.

En yuxtaposición a la comedia en que se han convertido sus  vidas, un video que en toda la espontaneidad de la palabra es, sin duda,  una de las composiciones más sentidas de cómo un tipo sobrevive, en su aparente incapacidad para las habiludades domésticas, a la exigencia corporal... que es apenas un ápice del trámite emocional.

¿La lavadora?
quédese con ese tiesto
mis trapos los lavo a pulso
ni manco que el burro fuera
eso sí no se le olvide que en ese electrodoméstico
yo invertí mi mejor sueldo
que lo llevé a las costillas del almacén a la casa
que lo quiero como a un hijo
porque no teníamos perro.







martes 3 de noviembre de 2009

¿Qué quieres que te diga si soy carne?



¿Qué quieres que te diga si soy carne?

Y no hayo pretexto en el riachuelo de tus piernas
No hay forma de que abandone mis ganas
De saltar por la medalla olímpica
Dejando manchas de sudor
En tu academia

¿Qué quieres que te diga si soy carne?
Y un agujero en mi cuerpo
Se quiere reproducir en tu cuerpo
Para hacer una talentosa
Esporulación de tres puntas

¿Qué quieres que te diga si soy carne?
Y pocas veces separo las arterias
De mi cardio
Para meterme en la cama sin voz
Porque el bruto me golpea en la tristeza
Añejándome los días
En que coger no era amor

¿Qué quieres que te diga si soy carne?
Pero no puedo quitarme
La fragilidad de este mundo
Configurándose en sangre
Que cargo entre las costillas
Donde arde mi dolor

¿Qué quieres que te diga?
¿Que soy carne?


Nov 1 / 09

martes 27 de octubre de 2009

Metamorfosis (primer fragmento)


miércoles 7 de octubre de 2009

Es de noche

lunes 28 de septiembre de 2009

Con Firmin en el corazón

No suelo hacer mucha alharaca de los libros que me leo. Debe ser porque no tengo mucha disciplina para el asunto porque rara vez me encuentro con una obra que me impacte poderosamente, o porque me niego a promocionarle la novela a otros… y hoy, sin embargo, una gran excepción me empuja a hablar del último punto final que atisbé anoche a eso de las 12. No sólo se trata de un texto bellamente escrito, ni del mejor personaje de ficción del cual yo haya tenido noticia en la literatura. No sólo hablo de una hilera de páginas que uno se roe, leyeron bien, se roe con el pasar agitado de los años. No sólo me refiero al enorme contenido emocional de los renglones, a la apetitosa destrucción de la cual uno es testigo mientras el protagonista de la historia se arrastra por los rincones, construyéndose lentamente un inventario mental de lo más inimaginable. Pero no sólo hablo de eso. También hablo de cómo una rata logra convertirse en un inquilino mental de lo más deseable. Hasta ahora yo pensé que Kafka había logrado hacer la lectura más magistral en la metamorfosis que viene a parar en una mosca. Creí también que Edgar Allan Poe había sido un genio de la lectura animal al contrarrestar emociones severamente auténticas en el universo emocional del ser humano, con la hostilidad que se puede sentir en la presencia de un cuervo. Y creí también que Julio Flores había dado campo a una versatilidad de la prosa, rara vez vista en la poesía colombiana, con su asociación entre el dolor de la soledad y el exilio de una araña. Todos ellos me enjaularon con sus argumentos, me hicieron sentir, y presentir, la presencia del bicho del cual hacían referencia, me contagiaron con el dolor de sus alientos, me estremecieron con la agonía de su miseria, y se quedaron raspando con esa idea en algo de mi memoria, que claro, se contendrá ahí mismito para siempre. Pero creo que hasta ahora ningún personaje de ningún libro logró conectarme tantas ideas con tan poca carne. No sólo me refiero a la carne del protagonista, Firmin, que por demás era bien poca porque este hambriento animalejo no logra ni alcanzar la treceava teta de su mamá. También me refiero a la carne del libro. Es una historia auténtica, tan bien contada que no acude a sobrevaloraciones del lenguaje, ni elude a ideas especialmente elevadas, ni es equiparable con un clásico universal, y algunos hasta podrían decir que es una novela menor o quizá desahuciada para el cerebro de muchos intelectuales incapaces de hallarle trascendencia a un cuento tan simple. Pero a mí personalmente me fascinó y me atrapó entre sus patas hasta el llanto. Me sentí como una niña en sus primeras lecturas, creyendo posibles las tristezas de una ficción. Me recordé leyendo ‘La vida secreta de Hubbie Harzel’, ‘Zara tomate’, ‘¡Habla!’, ‘A los duendes les gustan los pepinillos’ y hasta ‘Encerrada’… incluso me acordé de ‘Zoro’ y ‘Los papeles de Miguela’, ambos de Jairo Aníbal Niño. Todos esos son libros que leía en mi infancia una y otra vez, y que hoy probablemente tendrían muy poco sentido porque uno va tomando fuerza en la caída y busca cosas de peso para llenarse el alma. Es por eso que me voy a llevar a Firmin en el corazón por muchísimos días. Intuyo que va a seguir royéndome las entrañas con los dedos que se contó innumerables veces encima del globo, porque fue increíble ver cómo esta rata sin futuro alguno logra comerse al mundo completamente, y no hablo de invasiones extraterrestres ni de una especie de plaga superior, hablo de cómo, este diminuto ser incapaz de mirarse en el espejo para no espantarse consigo mismo, se lee una librería entera, es un pervertido capacitado para recordar los detalles más íntimos de las películas pornográficas que se ve en el cinema equis, y es capaz de hablar acerca de todos los temas que yo creo posibles, (y también de los imposibles). Pudo incluso concluir una idea a la que yo no habría podido llegar ni en años de práctica. Que si hay algo peor que el amor no correspondido es el amor no correspondible. Firmin es un genio. Pero está solo, y así termina, sin conectarle al mundo la deliciosa colección de universos construidos y destruidos que almacena dentro de sí. Termino el libro y después de las lágrimas me queda por agradecer a Sam Savage el haber logrado traducirle esta historia a una rata para contárnosla en perspectiva, casi como susurrándonos la belleza desde un escondite pequeño.