No suelo hacer mucha alharaca de los libros que me leo. Debe ser porque no tengo mucha disciplina para el asunto porque rara vez me encuentro con una obra que me impacte poderosamente, o porque me niego a promocionarle la novela a otros… y hoy, sin embargo, una gran excepción me empuja a hablar del último punto final que atisbé anoche a eso de las 12.
No sólo se trata de un texto bellamente escrito, ni del mejor personaje de ficción del cual yo haya tenido noticia en la literatura. No sólo hablo de una hilera de páginas que uno se roe, leyeron bien, se roe con el pasar agitado de los años. No sólo me refiero al enorme contenido emocional de los renglones, a la apetitosa destrucción de la cual uno es testigo mientras el protagonista de la historia se arrastra por los rincones, construyéndose lentamente un inventario mental de lo más inimaginable. Pero no sólo hablo de eso. También hablo de cómo una rata logra convertirse en un inquilino mental de lo más deseable.
Hasta ahora yo pensé que Kafka había logrado hacer la lectura más magistral en la metamorfosis que viene a parar en una mosca. Creí también que Edgar Allan Poe había sido un genio de la lectura animal al contrarrestar emociones severamente auténticas en el universo emocional del ser humano, con la hostilidad que se puede sentir en la presencia de un cuervo. Y creí también que Julio Flores había dado campo a una versatilidad de la prosa, rara vez vista en la poesía colombiana, con su asociación entre el dolor de la soledad y el exilio de una araña.
Todos ellos me enjaularon con sus argumentos, me hicieron sentir, y presentir, la presencia del bicho del cual hacían referencia, me contagiaron con el dolor de sus alientos, me estremecieron con la agonía de su miseria, y se quedaron raspando con esa idea en algo de mi memoria, que claro, se contendrá ahí mismito para siempre.
Pero creo que hasta ahora ningún personaje de ningún libro logró conectarme tantas ideas con tan poca carne. No sólo me refiero a la carne del protagonista, Firmin, que por demás era bien poca porque este hambriento animalejo no logra ni alcanzar la treceava teta de su mamá. También me refiero a la carne del libro. Es una historia auténtica, tan bien contada que no acude a sobrevaloraciones del lenguaje, ni elude a ideas especialmente elevadas, ni es equiparable con un clásico universal, y algunos hasta podrían decir que es una novela menor o quizá desahuciada para el cerebro de muchos intelectuales incapaces de hallarle trascendencia a un cuento tan simple.
Pero a mí personalmente me fascinó y me atrapó entre sus patas hasta el llanto. Me sentí como una niña en sus primeras lecturas, creyendo posibles las tristezas de una ficción. Me recordé leyendo ‘La vida secreta de Hubbie Harzel’, ‘Zara tomate’, ‘¡Habla!’, ‘A los duendes les gustan los pepinillos’ y hasta ‘Encerrada’… incluso me acordé de ‘Zoro’ y ‘Los papeles de Miguela’, ambos de Jairo Aníbal Niño. Todos esos son libros que leía en mi infancia una y otra vez, y que hoy probablemente tendrían muy poco sentido porque uno va tomando fuerza en la caída y busca cosas de peso para llenarse el alma.
Es por eso que me voy a llevar a Firmin en el corazón por muchísimos días. Intuyo que va a seguir royéndome las entrañas con los dedos que se contó innumerables veces encima del globo, porque fue increíble ver cómo esta rata sin futuro alguno logra comerse al mundo completamente, y no hablo de invasiones extraterrestres ni de una especie de plaga superior, hablo de cómo, este diminuto ser incapaz de mirarse en el espejo para no espantarse consigo mismo, se lee una librería entera, es un pervertido capacitado para recordar los detalles más íntimos de las películas pornográficas que se ve en el cinema equis, y es capaz de hablar acerca de todos los temas que yo creo posibles, (y también de los imposibles).
Pudo incluso concluir una idea a la que yo no habría podido llegar ni en años de práctica. Que si hay algo peor que el amor no correspondido es el amor no correspondible. Firmin es un genio. Pero está solo, y así termina, sin conectarle al mundo la deliciosa colección de universos construidos y destruidos que almacena dentro de sí. Termino el libro y después de las lágrimas me queda por agradecer a Sam Savage el haber logrado traducirle esta historia a una rata para contárnosla en perspectiva, casi como susurrándonos la belleza desde un escondite pequeño.