BOMBARDEEMOS TODO CON PALABRAS, HAGAMOS UN ATENTADO DE ZUMBIDOS, DESTETEMOS DEL SILENCIO AL MUNDO.

En la muerte, sólo un pito irresistible será digno de estallar.

martes 3 de noviembre de 2009

¿Qué quieres que te diga si soy carne?



¿Qué quieres que te diga si soy carne?

Y no hayo pretexto en el riachuelo de tus piernas
No hay forma de que abandone mis ganas
De saltar por la medalla olímpica
Dejando manchas de sudor
En tu academia

¿Qué quieres que te diga si soy carne?
Y un agujero en mi cuerpo
Se quiere reproducir en tu cuerpo
Para hacer una talentosa
Esporulación de tres puntas

¿Qué quieres que te diga si soy carne?
Y pocas veces separo las arterias
De mi cardio
Para meterme en la cama sin voz
Porque el bruto me golpea en la tristeza
Añejándome los días
En que coger no era amor

¿Qué quieres que te diga si soy carne?
Pero no puedo quitarme
La fragilidad de este mundo
Configurándose en sangre
Que cargo entre las costillas
Donde arde mi dolor

¿Qué quieres que te diga?
¿Que soy carne?


Nov 1 / 09

martes 27 de octubre de 2009

Metamorfosis (primer fragmento)


miércoles 7 de octubre de 2009

Es de noche

lunes 28 de septiembre de 2009

Con Firmin en el corazón

No suelo hacer mucha alharaca de los libros que me leo. Debe ser porque no tengo mucha disciplina para el asunto porque rara vez me encuentro con una obra que me impacte poderosamente, o porque me niego a promocionarle la novela a otros… y hoy, sin embargo, una gran excepción me empuja a hablar del último punto final que atisbé anoche a eso de las 12. No sólo se trata de un texto bellamente escrito, ni del mejor personaje de ficción del cual yo haya tenido noticia en la literatura. No sólo hablo de una hilera de páginas que uno se roe, leyeron bien, se roe con el pasar agitado de los años. No sólo me refiero al enorme contenido emocional de los renglones, a la apetitosa destrucción de la cual uno es testigo mientras el protagonista de la historia se arrastra por los rincones, construyéndose lentamente un inventario mental de lo más inimaginable. Pero no sólo hablo de eso. También hablo de cómo una rata logra convertirse en un inquilino mental de lo más deseable. Hasta ahora yo pensé que Kafka había logrado hacer la lectura más magistral en la metamorfosis que viene a parar en una mosca. Creí también que Edgar Allan Poe había sido un genio de la lectura animal al contrarrestar emociones severamente auténticas en el universo emocional del ser humano, con la hostilidad que se puede sentir en la presencia de un cuervo. Y creí también que Julio Flores había dado campo a una versatilidad de la prosa, rara vez vista en la poesía colombiana, con su asociación entre el dolor de la soledad y el exilio de una araña. Todos ellos me enjaularon con sus argumentos, me hicieron sentir, y presentir, la presencia del bicho del cual hacían referencia, me contagiaron con el dolor de sus alientos, me estremecieron con la agonía de su miseria, y se quedaron raspando con esa idea en algo de mi memoria, que claro, se contendrá ahí mismito para siempre. Pero creo que hasta ahora ningún personaje de ningún libro logró conectarme tantas ideas con tan poca carne. No sólo me refiero a la carne del protagonista, Firmin, que por demás era bien poca porque este hambriento animalejo no logra ni alcanzar la treceava teta de su mamá. También me refiero a la carne del libro. Es una historia auténtica, tan bien contada que no acude a sobrevaloraciones del lenguaje, ni elude a ideas especialmente elevadas, ni es equiparable con un clásico universal, y algunos hasta podrían decir que es una novela menor o quizá desahuciada para el cerebro de muchos intelectuales incapaces de hallarle trascendencia a un cuento tan simple. Pero a mí personalmente me fascinó y me atrapó entre sus patas hasta el llanto. Me sentí como una niña en sus primeras lecturas, creyendo posibles las tristezas de una ficción. Me recordé leyendo ‘La vida secreta de Hubbie Harzel’, ‘Zara tomate’, ‘¡Habla!’, ‘A los duendes les gustan los pepinillos’ y hasta ‘Encerrada’… incluso me acordé de ‘Zoro’ y ‘Los papeles de Miguela’, ambos de Jairo Aníbal Niño. Todos esos son libros que leía en mi infancia una y otra vez, y que hoy probablemente tendrían muy poco sentido porque uno va tomando fuerza en la caída y busca cosas de peso para llenarse el alma. Es por eso que me voy a llevar a Firmin en el corazón por muchísimos días. Intuyo que va a seguir royéndome las entrañas con los dedos que se contó innumerables veces encima del globo, porque fue increíble ver cómo esta rata sin futuro alguno logra comerse al mundo completamente, y no hablo de invasiones extraterrestres ni de una especie de plaga superior, hablo de cómo, este diminuto ser incapaz de mirarse en el espejo para no espantarse consigo mismo, se lee una librería entera, es un pervertido capacitado para recordar los detalles más íntimos de las películas pornográficas que se ve en el cinema equis, y es capaz de hablar acerca de todos los temas que yo creo posibles, (y también de los imposibles). Pudo incluso concluir una idea a la que yo no habría podido llegar ni en años de práctica. Que si hay algo peor que el amor no correspondido es el amor no correspondible. Firmin es un genio. Pero está solo, y así termina, sin conectarle al mundo la deliciosa colección de universos construidos y destruidos que almacena dentro de sí. Termino el libro y después de las lágrimas me queda por agradecer a Sam Savage el haber logrado traducirle esta historia a una rata para contárnosla en perspectiva, casi como susurrándonos la belleza desde un escondite pequeño.

miércoles 16 de septiembre de 2009

Una puerta. Otra puerta. Y otra y otra.

Una puerta. Otra puerta. Y otra y otra. ¿Qué habrá en las puertas que nunca voy a atravesar?. Eso se parece al qué-será-de-la-vida, que en ocasiones (en otras me ocupan otras angustias) me hace dilatar los orgasmos hasta que aparezca el the-end de su ímpetu. Todo lo que me dijeron era mentira, pero tarda uno en descubrir en cuántos abismos de los que uno logra escalar se habrá quedado la tranquilidad del fracaso, de esa increíble y también apreciable sensación de ida, del haber llegado hasta el fondo de los tiempos, de haber conquistado el término de las cosas, de haber desgastado el dolor de otros tiempos, de haberse gastado de manera intransigente y de alguna forma no recíproca el absurdo deseo de hacerse daño. Creo que todo hace parte de una soledad inhabitada, donde nos movemos en silencio. El cuerpo es una frágil burbuja con un reloj que retrocede dentro de ella, haciéndonos comprender la inmensidad del universo que no vamos a tocar jamás. Estamos limitados a estas arterias de carne y a estos pedazos de hueso que nos mantienen al margen de toda situación posible. Para todo tenemos que dedicar un horario modesto, porque de ninguna manera tendremos un ápice de dicha por más de unos cuantos instantes. Todo terminará. El cuerpo tiene sus límites en nuestro mismo cuerpo, se encierra y exilia a sí mismo, en su soledad corporal y al mismo tiempo incorpórea. El alma tiene sus límites en ella misma, en todo lo que no vamos a poder soñar, en todo lo que no vamos a querer o en todo lo que no vamos a alcanzar. De los males el más terrible es ese al que se le llama libertad. ¿Libertad de qué?, no puede haber libertad en un cuestionario de preguntas de selección múltiple con única respuesta. No puede haber libertad cuando estamos de pie en el andén de una calle en la 85 con 15 en Bogotá, en Suramérica, en el planeta tierra, y tenemos la opción de detenernos a mirar la señora que se arregla disimuladamente sus pantys en una esquina. Tal vez voltear a revisar por qué llora un infante de siete años al que se le ha derramado su ice-cream de fresa en la camiseta de cuadros de Off course. Dejar la cabeza inclinada brevemente y descubrir cómo el poste que está del otro lado de la hilera de carros pitadores hace una representación ideal del tronco erguido del roble que nos divisa a lo lejos. Agacharnos para observar cómo la punta filosa del tacón negro que lleva anclado nuestro pie sobre él aprisiona un pitillo blanco de líneas rojizas que alguien habrá dejado caer por casualidad. Salir caminando para reportear sin decoro otras escenas mezquinas que se irán representando en el desdén del tiempo, como otros pequeños bostezos de dios, o salir corriendo, y correr y correr, y antes de que nos duelan los pies detenernos para frenar el culo en alguna banca. O alzar el brazo y que pare un taxi y montarnos en él y decirle que por favor nos lleve a ninguna parte, o decidir treparnos con esa incómoda minifalda a un bus que se dirige al norte del norte y ver la cara de todos los pasajeros que se quedan embobados mirando las medias rojas que llevamos de caligrafía en las piernas, y buscar doscientos pesos para completar la tarifa y sentarnos al lado de una señora gorda que estornuda y seguramente hace años que no va a donde un peluquero, y preguntarnos si en realidad lo habrá decidido o es simple imposibilidad de carácter que combine unas candongas doradas con una chaqueta rosada que nada tiene que ver con el verde del saco verde. O decidir no hacer nada y dejar que pasen las horas en esa esquina del tiempo donde lo único que transcurre es el tiempo, porque nadie por horas se acerca a ofrecernos su encendedor aunque ya llevamos rato con el cigarrillo apagado en la mano derecha.

lunes 14 de septiembre de 2009

¿Por qué se mata un escritor?


El 12 de septiembre se cumplió un año del asesinato a manos propias de David Foster Wallace. El que sería considerado como una 'promesa de las letras gringas' pringó la pluma del escritor colombiano Héctor Abád Faciolince, a quien admiro profundamente, para escribir este texto bastante cóncavo y convexo, que como todo su material de inmaterial me estremeció en silencio, un día como este, frente al pupitre. Aquí, la reproducción de un himno al Hades que nos persigue, por quien las letras perduran, por quien la memoria puede nacer.




¿Por qué se mata un escritor? 
Por: HÉCTOR ABAD FACIOLINCE 
28/09/2008
 
Se dice, con más razón que sorna, que el único riesgo profesional de los poetas es el suicidio. No sé si hay estadísticas, pero tengo la impresión de que los escritores se suicidan más, proporcionalmente, que los mortales de otras profesiones. Si hago un rápido censo mental, muchos nombres se me vienen a la mente desde la antigüedad hasta hoy, mujeres y hombres: Safo, Lucrecio, Séneca, Silva, Larra, Woolf, Salgari, Trakl, Lugones, Mishima, Pizarnik, Hemingway, Plath, Márai... Y el pasado 12 de septiembre, la gran promesa de la narrativa estadounidense, David Foster Wallace, a quien hallaron ahorcado en su casa; un novelista de 46 años que ya en otras ocasiones había pedido que le protegieran de su propia pulsión de quitarse la vida.
Primo Levi le dedica el sexto capítulo de Los hundidos y los salvados al suicidio de Jean Améry. Dice Levi que "su suicidio, como todos, admite una nebulosa de explicaciones". Esa misma nebulosa se ha empleado después para tratar de explicar el suicidio del mismo Levi, llevado a cabo -al parecer- más para evadir la enfermedad que para huir de las pesadillas memoriosas de Auschwitz. Ocurrió en 1987, aunque con la ambigüedad que muchos suicidas prefieren, de modo que las familias puedan aferrarse a la duda de un accidente: se precipitó por el hueco de las escaleras del edificio donde vivía, en el barrio de La Crocetta, en Turín, sin dejar carta de despedida.
Por estos días se celebró el centenario del nacimiento de Cesare Pavese, otro homicida de sí mismo, en la misma ciudad del norte de Italia. Esto me llevó a releer páginas de su diario. Ahí, al final, y poco antes de que se matara, dejó escrito: "Los suicidas son homicidas tímidos. Masoquismo en vez de sadismo". Maupassant, que se murió por enfermedad un año después de intentar suicidarse, lo definió de un modo casi inverso: "El suicidio es el sublime valor de los vencidos". La última entrada de Pavese, el 18 de agosto, me ha dado siempre escalofríos: "Sin palabras. Un gesto. No volveré a escribir".
Pavese murió en la soledad de un cuarto de hotel, pero hay escritores a los que no les gusta suicidarse solos. Heinrich von Kleist cambió varias veces de novia hasta que al fin una, Henrriette Vogel, aceptó quitarse la vida con él, a orillas del lago Wannsee, cerca de Berlín. El lugar es hoy un sitio de peregrinación. Se trata de un rincón apacible, bucólico, como si los románticos escogieran con gusto incluso el sitio de su muerte. Otros suicidas en compañía fueron Arthur Koestler y Stefan Zweig. El primero se fue del mundo en un pacto con su tercera esposa, Cynthia Jefferies. También Zweig lo hizo con su mujer, Lotte Altmann, en Petrópolis (Brasil), donde se había refugiado de las persecuciones a los judíos durante la II Guerra Mundial. El suicidio de Koestler, otro judío perseguido por los nazis, obedeció más a sus convicciones a favor de la eutanasia: estaba enfermo de párkinson y leucemia.
Albert Camus, que murió en un accidente sin ningún viso de suicidio, dejó escrito lo siguiente al principio de El mito de Sísifo: "No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio. Juzgar si la vida vale o no la pena de que se la viva es responder a la pregunta fundamental de la filosofía".
Algunos escritores, más que cartas, dejan libros completos sobre su ánimo. Henri Roorda terminó Mi suicidio poco antes de matarse. Allí dejó escrito: "Amo enormemente la vida. Pero para gozar el espectáculo hay que ocupar una buena butaca, y en la tierra la mayoría de las butacas son malas". Antes de matarse, Jean Améry escribió un libro extraordinario sobre el suicidio (Levantar la mano sobre uno mismo) donde explica que la primera lógica de la que escapa el suicida es la del axioma vitalista "la vida es el bien supremo". Si esto se niega -"la vida no es el bien supremo"-, o si en determinadas circunstancias la vida es lo contrario, un gran peso y un gran mal, se entenderá mejor el salto que dan, que deben dar, los suicidas. Su mundo no es nuestro mundo. Así lo dijo Wittgenstein en uno de sus aforismos: "El mundo de quien es feliz es otro distinto al mundo del que es infeliz". El suicida, al darse una muerte libre, voluntaria, quiere hacer cesar ese mundo para él infeliz.
Por no entender este pensamiento elemental (que a veces la vida no es buena), los Estados y las religiones han perseguido durante mucho tiempo el suicidio, calificándolo de delito y de pecado. En algunos países, incluso, se llega al absurdo de castigarlo con la pena de muerte. Toman el cuerpo exánime del suicida, lo cuelgan y lo exponen al escarnio público, para que aprendan.
De alguna manera, la Iglesia, al prohibir que los suicidas fueran "enterrados en sagrado", castigaba con la pena del destierro (del cementerio) a los suicidas, considerados como "discípulos de Judas". Su posición, por suerte, se ha vuelto más compasiva.
Hay quienes se matan tranquilos, planeándolo; otros, en un arranque de autodestrucción. Unos, sobrios; otros, drogados. El poeta Juan Manuel Roca desaconseja que nos matemos borrachos: "Es el problema del alcohol; alguien puede suicidarse y al día siguiente no acordarse de nada". Es un chiste, pero podría no serlo. Un gran experto inglés en suicidios literarios, A. Álvarez, intentó suicidarse, borracho, una noche de Navidad. Se despertó tres días después sin acordarse de nada, pero con la sensación de que ya sería para siempre un suicida frustrado. También él escribió un estudio estupendo, El dios salvaje.
Creo que la raza de los escritores suicidas, pero indecisos, se ha inventado otro tipo de estrategia para no matarse, y para ni siquiera intentarlo. Me refiero a los escritores que, en vez de dar el salto, trasladan el propio suicidio a sus personajes. Así hizo Shakespeare con Ofelia, Romeo y Julieta; Goethe, con el joven Werther; Tolstói, con Anna, y Schnitzler, con el subteniente Gustl. Es raro, pero si uno suicida a alguien en un libro, se experimenta una muerte que de alguna manera sacia la ansiedad por la propia muerte. Lo sé por experiencia propia.
Otros, en cambio, se despiden con ira. Me gusta la furia final de Chatterton: "Adiós, Bristol, inmunda ciudad de ladrillos. / Amantes de la riqueza, adoradores del engaño". Piensa uno en los ladrillos de nuestras ciudades, y lo entiende. Supongo que si el cuerpo no tiene el buen gusto de morirse a tiempo, uno tiene el deber de matarse. Pero mientras llega ese instante de lucidez en las tinieblas habrá que seguir viviendo, aunque tal vez con el mismo sentimiento de culpa que escribió una vez Thomas Bernhard: "Nada he admirado más durante toda mi vida que a los suicidas. Me aventajan en todo. Yo no valgo nada y me agarro a la vida, aunque sea tan horrible y mediocre, tan repulsiva y vil, tan mezquina y abyecta. En lugar de matarme, acepto toda clase de compromisos repugnantes, hago causa común con todos y cada uno, y me refugio en la falta de carácter como en una piel nauseabunda pero cálida, ¡en una supervivencia lastimosa! Me desprecio por seguir viviendo".

TOMADO DE EL PAÍS SEMANAL (EL PAÍS.COM).

jueves 10 de septiembre de 2009

Séis, de Pruebas de supervivencia


Pero aunque el “me voy” llega
Mucho después de haber sido anunciado
Se alza una colina de silencio
Y una brisita llega galopando desde el patio
Seremos feos por varios meses
Desamparados
Vagabundeando
Caminaremos por las aceras
Sin que ni un poste se percate
De nuestra ignota tristeza
Pasaremos inadvertidos
Y vamos a querer estarlo
Buscaremos el anonimato con una chompa gris
O un gabán de ermitaño
El cosmos hará su líquido en la herida
Que hasta el sin-hasta
Va a seguirnos manchando
Con su menstruación inmaculada
Los radios de los buses y los parlantes de las esquinas
Recordarán el augurio de nuestra mísera suerte
Y todas las escenas volverán, una tras otra
En una larga fila de cruces
Cada una reclamando su venganza
Tendremos más excusas para el llanto
Que cuando éramos niños
Y aprenderemos, al fin
A llorar con las palabras
Nos pesará tanto el tiempo
Pesarán tanto las ganas
Que iremos reduciendo
Hasta convertir en minúsculas
Cada una de las mañanas
Y todo es culpa de ese niño
                                                            (de esa niña)
Que se fue
Sin cerrarnos la ventana.
Mayo 29 de 2009